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EDITORIAL. El silencio dijo más que mil palabras

SRI-8

13 de marzo. La marcha del día 8 y el paro nacional del 9 de marzo, efectuados en el marco del Día Internacional de la Mujer, tuvieron en común la exigencia de que cese la violencia contra las mujeres y que se haga justicia en el caso de los feminicidios.

Estas protestas sentaron un precedente no solo en nuestro país, sino en el plano internacional, por la magnitud de la marcha del día 8, que registró una participación de más de 100 mil mujeres, y por el vacío que se percibió en las calles, las escuelas y los centro de trabajo de muchas ciudades del país, ante la ausencia de muchas miles de mujeres que optaron por permanecer en sus casas, como una forma de muda protesta.

Y es que en nuestro país la violencia contra las mujeres, en todas sus formas, ha ido en aumento, traduciéndose en un número cada vez mayor de feminicidios, muchos de los cuales son cometidos con una crueldad y una saña inauditas, sin importar ni la edad ni la condición social de las víctimas.

Las marchas y el paro efectuados en diversos puntos de nuestro país mostraron no sólo el hartazgo de las mujeres que se sienten cada vez más inseguras y vulnerables ante el acoso y la violencia, sino también el despertar de quienes durante muchas décadas habían permanecido calladas y sumisas, e incluso la solidaridad de un gran número de varones que han tomado conciencia de esta problemática, y de la importancia del papel que las mujeres desempeñan en nuestra sociedad.

Pero como siempre hay un negrito en el arroz, las marchas del domingo 8 de marzo también dejaron ver la otra cara de la moneda: los destrozos, las agresiones, el vandalismo y la forma cobarde de actuar de un pequeño grupo de mujeres que, paradójicamente, exigieron un alto a la violencia utilizando precisamente la violencia.

La incongruencia de ese pequeño grupo de mujeres violentas llegó al grado de que sus víctimas fueron precisamente mujeres, entre ellas una policía y algunas reporteras.

¿Será que esas mujeres realmente creen que destrozando, agrediendo, quemando, pintarrajeando, insultando y agrediendo lograrán poner un alto a la violencia de la que dicen estar hartas? ¿Será que realmente piensen que solo de esa manera se puede obtener justicia y lograr un verdadero cambio?

¿O será que, como publicaron algunos medios y usuarios de redes sociales, ese grupo de mujeres violentas fueron infiltradas precisamente para tratar de deslegitimar la marcha que, por lo demás, se realizó de manera pacífica? La pregunta queda en el aire. Lo cierto es que resulta sospechosa, por decir lo menos, la decisión de los gobiernos federal y de la Ciudad de México, de no presentar denuncias contra el grupo de encapuchadas que se infiltraron en la marcha, a pesar de que con sus acciones incurrieron en diversos delitos, muchos de ellos considerados graves.

Esperemos que esta lucha no se salga de control ni de contexto, porque los innegables avances logrados con las movilizaciones y la protesta denominada "Un días sin mujeres" se verían empañadas por un pequeño grupo de encapuchadas que se dedican a cometer destrozos y todo tipo de actos vandálicos.

Llama la atención la actitud asumida por el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, pues ante las movilizaciones y protestas de las mujeres recurrió a su discurso cotidiano, de tachar de "conservadoras" y enemigas de su gobierno a las promotoras de las mismas, a pesar de que muchas integrantes de su gabinete y legisladoras de su partido manifestaron –aunque solo haya sido "de dientes para afuera"– su respaldo y solidaridad hacia las mujeres.

¿Por qué el presidente se sintió ofendido y atacado por estas movilizaciones? ¿Por qué lo tomó como un agravio personal? ¿Será que nadie en su círculo cercano le hizo ver que no se trataba de un movimiento contra su gobierno, sino contra la violencia contra las mujeres, que son acosadas, violentadas y asesinadas a lo largo y ancho del territorio nacional? ¿En verdad nadie le dijo que la protesta era por los diez feminicidios diarios que se cometen en el país? ¿O será porque sabe perfectamente que su gobierno no ha implementado políticas públicas, estrategias y proyectos que realmente contribuyan a proteger a las mujeres en el país?

Con la actitud asumida por el presidente, lo único que logró fue el rechazo de muchas mujeres que simpatizaban con él y con su gobierno, pero que se sintieron ofendidas y agraviadas por los señalamientos del mandatario. Parte de ese rechazo se manifestó en la estrepitosa caída de los niveles de aceptación hacia el presidente, registrada en las últimas semanas.

Sin lugar a dudas, el movimiento de las mujeres sentó las bases de una nueva lucha que ese importante sector de la sociedad ha emprendido, y que parece que no se detendrá; una luchas que generó un reclamo de respeto y justicia para quienes han sido violentadas, humilladas, vejadas, e incluso asesinadas.

Sus efectos se empiezan a percibir, ya que a partir de las protestas de los días 8 y 9 de marzo se ha registrado también una serie de denuncias de estudiantes contra profesores y compañeros que presuntamente las acosan. Esto ha ocurrido en diversas instituciones como la UMAR, los COBAO, e incluso preparatorias dependientes de la UABJO, algunas de ellas de esta ciudad.

¡Alto a la violencia! y ¡Ni una más! fueron los gritos fuertes y desesperados que las mujeres lanzaron como un reclamo y una exigencia a las autoridades. Hoy los tres órdenes de gobierno deben crear las condiciones de seguridad para quienes las piden a gritos, pero también con su silencio, porque con su ausencia y su silencio, las mujeres de México dijeron más que mil palabras.

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